Las verdades de Zanussi
Con el propósito de sacudirme el desencanto del 24 de febrero y de ahuyentar la expectativa-frustración que me han dejado estos días, decidí irme al cine. En el Chaplin un filme polaco, de la década del setenta, parecía lo ideal para evadirme de las calles habaneras, con toda su conformidad y su paciencia. El director Zanussi estaba invitado a la presentación de su película ante el público cubano. En un español mezclado con italiano, pero de una precisión que cualquier hispanohablante envidiaría, ese señor me hizo aterrizar en lugar de volar, enfrentar en vez de evadirme
Ninguna de las imágenes y los diálogos de la película “Mimetismo” lograron que dejara de pensar en las palabras introductorias de Zanussi. El dilema de un licenciado en Filología –cualquier similitud es pura coincidencia- y las concesiones para integrarse en un mundo académico marcado por la simulación y el oportunismo, me golpearon fuerte. Sin embargo, el knockout me lo propinó una simple disculpa del director, al lamentar la vigencia de sus tesis sobre el “camuflaje” y la simulación.
Yo tratando de escapar y él recordándome en una frase que: “el cinismo de los viejos es más permanente de lo que habíamos pensado”.
El discurso de Raúl Castro, en la toma de posesión de su recién estrenado cargo de Jefe del Consejo de Estados y de Ministros, no me ha despejado mis –ya crónicas- dudas. La reiterada mención de los cambios que vendrán, pero sin sustantivarlos y la alusión a prohibiciones que se van a eliminar –aunque por el momento no se especifican- me ha dejado en las mismas. La dilatación hasta “dentro de unas semanas” o “en el curso de este año” de la puesta en práctica de algunas de estos ajustes, me recuerda el ansiado vaso de leche, prometido por él el pasado 26 de julio, y ausente todavía de mi frugal desayuno.
Ayer me he sentido como el egiptólogo francés Champollion, tratando de descifrar cada palabra, cada nueva persona ascendida hacia el grupo gubernamental. Si bien no he podido interpretar la totalidad de lo ocurrido, puedo identificar algunas señales y posibles derroteros. El hecho, por ejemplo, de que Machado Ventura sea ahora el vicepresidente, es un indicio de que no será la flexibilidad ni el sentir de la nueva generación, lo que marcará los próximos pasos. Ortodoxia, verticalidad y fidelidad extrema parecen brotar de quien, hace casi una década, firmó una conocida medida para prohibir los árboles de Navidad en lugares públicos. Su presencia como “número dos” a pesar de ser el que menos votos alcanzó, 601 de los 609, desalienta a la mayoría de los “entusiastas” del gobierno raulista.
En los intentos de ajustar las palabras del discurso a la cotidianidad de mi existencia, me he quedado con aquello de “cese de gratuidades (…) insostenibles”. La frase me ha movido a lanzar una modesta propuesta: cambio las tres libras de azúcar prieta y blanca, los tres kilogramos mensuales de arroz y el paquete de café que me dan en el mercado racionado, por una dosis extendida de libertad de expresión. Sé que mi bodeguero se asustará si le muestro la bolsa, al tiempo que le pido algunas onzas de “derecho de asociación”, un par de cucharadas de “libre opinión” y hasta una breve porción de “posibilidad de decidir”. Seguro me equivoco, pero algo así es lo que me hubiera gustado interpretar de lo escuchado ayer.
Los jeroglíficos egipcios resultan, la mayor parte de las veces, mucho más fáciles de desentrañar que el aburrido estatismo de la política cubana

